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miércoles, 18 de agosto de 2010

Sólo podía ver el precipicio que había dejado tras ella. Un dolor ajeno, pero inevitable e irremediable. Culpa, ascuas y brasas que aún no habían dejado de dar calor y una inquietante sensación de ligereza.
Comenzaba un camino sola. Su camino.
A partir de ahora todo sería nuevo, hasta las sábanas en las que dormiría y el suelo en el que otros temblarían por ella y por sus ojos. Todavía le costaba imaginar y admitir que no sería la mirada de César la que la desnudase, pero cuando ya sólo quedan besos por compromiso, no quedaba mucho más por hacer.


¿se-ten-ta-y-cin-co? vosotros sois muy bonitos me parece a mí ;)
(me voy hasta el domingo que camping, prometo volver)

Burn. ¿A que es genial?

viernes, 9 de julio de 2010

6...

Entró en aquel bar con él. Tenía la sensación de que sería la última vez. Las serpentinas en el estómago se habían convertido en mariposas y habían decidido echar a volar. Sonrisas, sí, pero vacías. No buscaba sus ojos, ni su boca, ni su piel. Él en cambio continuaba pensando que su búsqueda había concluido para siempre.
Con las cervezas ya en la mesa, Lara trasladó todo su pelo hacia un lado, el calor todavía era asfixiante a pesar del aire acondicionado. Miró hacia la barra y el camarero le hizo una seña para que recogiera el plato. Se acercó y miró un puñado de tristes kikos sobre una servilleta. "Vaya, qué original, cuánto esfuerzo y dedicación". Cínica, siempre.
Después de una conversación vaga y sin fundamentos, y con alguna risa dispersa, le entró hambre. Él le cedió el plato y se levantó para pagar la cuenta. Lara terminó de crujir la sal entre sus dientes y miró la servilleta. Abrió un poco más los ojos, y no pudo evitar que una sonrisa inundara su cara. Volvió a mirar esos nueve dígitos. Claros, definidos en rotulador negro. Antes de que él se diera la vuelta, observó de reojo al camarero y cómo él repetía la misma sonrisa mientras ella guardaba el papel en su bolsillo.

viernes, 7 de mayo de 2010


Tiene ganas de que alguien le apague las ganas, de dejar amor en la ventana, de hacer desayuno para dos. De morderse el labio con una sonrisa, de lunares en la espalda y besos en la nariz.
Y mira que le gusta estar sola, de verdad. Sabe estar sola, pero no sabe vivir sin pensar en alguien.

lunes, 12 de abril de 2010

Recuerdos de una mañana de domingo II

Al parecer esa mañana había sido creada para recordar. Lara seguía hierática, con la vista clavada en el techo y los ojos algo menos húmedos.
Saltando de recuerdo en recuerdo había llegado hasta él. Probablemente el hombre más importante, hasta el momento, de su vida. O quizás de toda su vida, quién sabe. César tenía casi 11 años más que ella, 10 y 8 meses para ser exactos, y sin embargo, aparentaba casi la edad de Lara. Su espíritu libre, sus rizos oscuros, su humor interminable... se enamoró nada más verlo. Tuvo un presentimiento fuerte, intenso, y minutos después cruzaron las primeras palabras con cara de despreocupados y alguna mueca de desinterés.
Pocas horas más tarde, ella recorría su espalda mientras le susurraba boleros y el descansaba en la hierba.
Llevaban cada verano de su vida en ese pequeño pueblo y era la primera vez que se veían, y solo eso había bastado para perder la cabeza, y más de la mitad del corazón (y la razón) por el otro.

Entonces Lara apenas tenía 15 años, y a pesar de eso César no podía evitar comérsela con los ojos, mientras ella sólo cruzaba los dedos para que él no tuviera más de 20. Pero la verdad les hizo dar todo por perdido, conformándose con miradas furtivas y sueños a medianoche, sin imaginar por un momento, lo cerca que estaban sus fantasías de sus latidos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Recuerdos de una mañana de domingo I

Hay personas a las que habría que condecorarlas por su gran talento en despertar envidia, o eso es lo que pensaba Lara aquella mañana. Boca arriba, sin un ápice de sueño para revolverse entre las sábanas y olvidarse de todo aquello, siguió mirando al techo, soñando músicas que jamás bailaría. Al menos no en esta vida.
Uno, su tobillo derecho seguía en huelga, no le daba la gana ponerse en marcha. Dos, le estaba costando más de lo previsto (y más de lo normal) seguir el ritmo, de la música y de cualquier clase. No había minuto en el que no se odiara frente a los enormes espejos de la barra o se llevara las manos a la cabeza resoplando. Y tres, ya era suficiente la burla del mundo en general. Ya había decidido colgar las zapatillas, que parecía el objetivo común de su madre junto con... prácticamente todos. Y no hablemos de ella... Apenas había dormido pensando en todos sus logros. Parece mentira que aún tenga que soportar el "todo esfuerzo tiene recompensa" mientras hay personas que con la milésima parte de su esfuerzo, consiguen metas que ni siquiera ella se había atrevido a soñar.
Pero ya estaba acostumbrada, se había resignado. Se secó las lágrimas, que le habían llegado a los oídos, y continuó soñando despierta, mirando al techo.